Maldición eterna a quien lea estas páginas.

-Siga con lo suyo.
-Recuerdo la primera vez que me enamoré, ¡vaya la palabra!, de una muchacha. Me dio muy fuerte. Se llama Dorhman, como la marca de queso. Se sentaba cerca mío en la clase de inglés, en la escuela secundaria. Tenía pelo largo con rulos, y era muy delicada. Esa dulzura de ella me cautivó, yo la miraba a lo largo de toda la clase, aunque sin dejar de escuchar al profesor, porque era buen alumno. Buscaba excusas para hablarle en los pasillos, cualquier cosa. Hacía como que me olvidaba de cuáles habían sido los deberes para telefonearle, oírle decir las cosas más comunes era para mí fuente de deleites sin fin. Una sonrisa de ella me hacía derretir. De veras era encantadora, muy dulce, pero quien está enamoriscado le agrega enormemente a la otra persona.
-¿Por qué le agrega?
-Difícil pregunta.
-Diga...
-Especialmente con el primer amor, que es como un derrumbarse de frontera, todo lo que estaba latente, dormido... ahogado, de pronto germina y sale a relucir. Pero hay solo un arsenal de necesidades que ninguna persona sola puede satisfacer. A la persona se la idealiza, con la esperanza de que por medio de ella todas las necesidades sean atendidas.
-¿Las necesidades?
-Sí, las necesidades.
-¿Cuáles son?
-Es difícil describirlas. Primero creí que eran aspiraciones religiosas. Después aspiraciones intelectuacles, después vino la necesidad de muchachas. Se trata de energía que desborda con la pubertad. Una bomba en el cuerpo... programada para que detone, en un cierto momento.
-¿Sería tan amable de decirme qué son... o eran, esas necesidades religiosas? Luego las intelectuales. En cuanto a las muchachas creo que puedo imaginar de qué se trataba. Se me ocurrió pensar en mi necesidad de cosas dulces, y como usted me dijo que la muchacha era dulce, hice la asociación. ¿Tiene sentido o no?
-Sí, es como la necesidad de dulces. Muy parecido, es algo que el organismo pide, para devorar en cantidades enormes. Un ansia insaciable. Gula. Sin eso algo nos está faltando, una parte importante de nosotros mismos.
-¿Qué parte es la que falta?
-No es una parte específica. Pero se siente como si una herida estuviese abierta, que uno está incompleto, que no se puede hacer nada hasta que esa necesidad sea atendida. Se parece mucho al hambre. Usted puede muy bien darse cuenta.
-Las necesidades religiosas no son como el hambre, entonces.
-En la pubertad eran como el hambre. Eran voraces. Pero todo se desvaneció a los treces años, ciertas imágenes se transformaron en otras...

No hay comentarios: